Cuando la necesidad aprieta, no hay más placer más eterno que escribir un sentimiento. La noche es oscura, la cerveza se rula, las lágrimas afloraron. Fue, quizás, un mal entendido o un entendido mal conjugado. Y que no se si fiarme de Dios, pues el diablo me enseño más, me bendijo con la razón del loco, aquella con la que dicen que se pilla rollos.Y aún así, no se si creer en tus palabras o descreer en mi valentía, de expresar mi vida.
Comencé caminando, acabe corriendo. Es aquel que sabe que el futuro es el hijo del pasado, aquel que a sus 18 años le han apalizado. No son puñetazos ni tortazos, son comentarios. Son la vivencia del día a día, de estar sentado en el mismo lugar y no mirarte con los mismos ojos. De falsas supersticiones reflexivas que nunca tenemos agallas a preguntar, que nunca tenemos ganas de mirar. Ahora correveidiles que ya sabéis de lo que hablo, que esto es un escrito al dolor y al desengaño, para cortar las cadenas de mis miedos pasados.
Invoco a la belleza y al olvido, pues son mil muertes y una sola vivencia, es madurar con la paciencia. Tan fácil y difícil cómo depositar mi confianza en tus manos. Demasiada habladuría a mi pesar, suficiente para aliviar este cerrojo, para que puedas ver la vida desde mis ojos.
Recuerda, esto es como la propiedad privada, intocable y madura. Nadie tiene que saltar a la casa, ser intruso, de no ser más que un chucho. Más bien, tiene que ser un invitado, alguien que quiera estar a mi lado, gente sin descaro, gente con un porro de sinceridad liado entre las manos.
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